Pescadito y la Revolución
- David Aristizabal Duque
- 7 may 2018
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Era un sábado en principios de febrero en 1917, Carlos Valderrama se encontraba cansado y aburrido de la crisis económica que vivía Petrogrado durante la época del imperialismo Zarista, marcada por la desigualdad entre la nobleza y el ”pueblo llano”.
El “pibe” como se le conocía en la favela de “Peixinho” o pescadito (traducida al español), soñaba con volver al lugar que lo vio crecer en su infancia, antes de emigrar al país europeo. Freddy Rincon, Faustino Asprilla, Leonel Alvarez, Rene Higuita, entre otros amigos, esperaban su regreso para enfrentar a la selección de “Ciudade de Deus” o Ciudad de Dios (en español), en el final de la Liga Barrial de Rio de Janeiro.
En su cabeza no solo estaba su frondosa cabellera dorada, esta vez un poco opacada por la nieve y las bajas temperaturas del invierno ruso. Sino también el deseo de volver a su favela, pero siendo cociente a su vez de que primero debía luchar por los campesinos y trabajadores de Rusia, patria que lleva con cariño gracias a su abuelo paterno.
Las huelgas de los trabajadores de la capital, no se hacían esperar, miles de jóvenes salían a las calles a luchar por sus ideales, sueños y sentimientos de liberación. Entre ellos Valderrama con su traje negro, zapatos gastados, gorro laboral y un arma, le hacía frente al ejército de Nicolás II durante días, situación que no pudo aguantar hasta que se vio en la necesidad de abdicar a su puesto de emperador.
Gracias a este golpe, se creó un gobierno provisional que era encabezado por Aleksandr Karenski, generando semanas de calma, esperanza y generosidad dentro del pueblo. Además de varios cambios como era el decreto de la libertad de prensa y el regreso de exiliados políticos, entre los que se destacaba el revolucionario Vladimir Lenin.
Pero como decía el “pibe”: “de eso tan bueno no dan tanto”, la relación de dicho gobierno emergente con el pueblo se fue deteriorando y de esta manera se iban consolidando los soviets o asambleas populares de obreros, soldados y campesinos, que tenían la idea de controlar diferentes milicias dentro del gobierno.
El pibe comenzaba a desesperarse, soñaba la idea de salir del país hacia continente americano, situación que veía lejana hasta que un día luego de luchar nuevamente frente a la represión en medio de las revueltas populares, decide reunirse con Lenin en busca de un pacto de amor y coraje hacia el pueblo ruso, a cambio de la ayuda monetaria para llegar a la Favela para el encuentro futbolístico.
Su promesa no era otra que ayudar a Trotski y Lenin a derrocar el capitalismo y socialismo para luego instalar el comunismo.
Mientras el pibe se levantaba temprano, aquella mañana de mediados de octubre, con la gran noticia que Pescadito había ganado en penales a la favela de Pan de Azucar y avanzaba a la final del principal torneo barrial de Rio de Janeiro; se preparaba un café bien oscuro, comía unos chipas perfectamente horneados y se ponía su cinturón negro con la hebilla bastante dorada como su cabello, para partir a encontrarse con sus compañeros Bolcheviques, con la única misión de tomarse el Palacio de Invierno y a su vez derrocar el gobierno provisional.
Sudor, sangre y fuerza había derrochado el pibe en el momento de la toma, pero al final pudo salir contento y glorioso, había cumplido el primer objetivo. Ahora corría fervoroso a casa cantando “volveremos a ser campeones como la primera vez”, mientras por su cabeza pasaba recuerdos de niño cuando jugaba en aquella cancha de tierra y sin red en lo arcos, que quedaba a dos cuadras de su casa.
Saudade y melancolía era lo que sentía, cuando empacando su pequeña maleta encontraba la camiseta amarilla con destellos azules y rojos del Pescadito FC. Intacto permanecía el estampado en su dorsal con el numero 10 y el apellido Valderrama.
Su llegada al barrio fue mejor de lo esperado, sus amigos se reunían en la casa de Rene y lo recibían con su plato favorito, Merluza en Salsa Verde, cocinado por Dioselina Higuita, madre del portero del equipo. Era el gran refuerzo para la final, y no lo trataban de manera diferente.
Al caer la noche, y luego de contarse muchas anécdotas con los viejos amigos del barrio, el pibe buscaba descansar, con una sonrisa en el rostro gracias al calor sabroso que le frisaba la cabellera, justo como él quería. Tenía la mentalidad en prepararse bien durante los 3 días restantes al encuentro.
Llegaba el día y la hora del partido, la cancha de arenilla que dividía ambas favelas tornaba más bonita de lo habitual, trapos con el colorido de ambos equipos le daban un plus visual. Rivalidad pero no enemistad es el mensaje que quedaba impregnado al ver familias completas y niños de ambos barrios, mezclarse entre las graderías.
Ver al pibe tocarse la cabellera entre 8 y 10 veces en el primer tiempo eran muestra de la ansiedad y nerviosismo que le jugaban en contra. Aun así nada le borraba la sonrisa de “oreja a oreja” de calzarse los botines negros que le dio su abuelo antes de volver, para triunfar en esta nueva batalla futbolera.
En el segundo tiempo, y cuando todos pensaban que se definiría el campeón desde los “doce pasos”, aparece aquel personaje con la cabellera abultada para mandar el balón desde la media luna del área, tras un toque sutil con el borde interno de la pierna derecha y ubicarlo justo en la esquina superior del costado izquierdo del arquero. Por su cabeza pasaron fugazmente los momentos más duros de los últimos meses y como con fe, dedicación y esfuerzo los pudo vencer.
Cuento creado para la Facultad Undav - Periodismo Deportivo